La Amistad...
 by Michel Foucault (super naive per todavia util para un trabajo y desarrollo sobre la afinidad multisex) -
Usted tiene 50 años. Es un lector del periódico, éste existe desde hace
dos años. Para usted ¿es algo positivo el conjunto de estos discursos? Michel
Foucault: Que el periódico exista, es algo positivo e importante. Lo
que podría demandarle a vuestro periódico es que leyéndolo yo no tenga
que plantearme la cuestión de mi edad. Ahora bien, la lectura me fuerza
a planteármela, y no me sentí contento de la manera en que fui llevado
a planteármela. Muy simplemente no tenía lugar allí.
- Quizás es
el problema del tipo de edad de los que colaboran y de los que lo leen,
una mayoría de entre veinticinco y treinta y cinco años. Michel
Foucault: Seguro. Más está escrito por jóvenes, más concierne a los
jóvenes. Pero el problema no consiste en hacer lugar a una clase de
edad en lugar de otra, sino saber lo que se puede hacer por relación a
la cuasi-identificación de la homosexualidad con el amor entre jóvenes. Otra
cosa de la cual desconfiar, es de la tendencia a llevar la cuestión de
la homosexualidad hacia el problema: "¿Quién soy yo? ¿Cuál es el
secreto de mi deseo?" Quizás valdría más preguntarse: "¿Qué relaciones
pueden ser establecidas, inventadas, multiplicadas, moduladas a través
de la homosexualidad?" El problema no es descubrir en sí la verdad de
su sexo, sino más bien usar de allí en más su sexualidad para arribar a
multiplicidad de relaciones. Y es esto sin duda la verdadera razón por
la cual la homosexualidad no es una forma de deseo sino algo deseable.
Nosotros tenemos que esforzarnos en devenir homosexuales y no
obstinarnos en reconocer que lo somos. Los desarrollos de la
homosexualidad van hacia el problema de la amistad.
- ¿Lo pensó usted a los veinte años o lo descubrió en el curso de los años? Michel
Foucault: Tan lejos como me acuerdo, tener ganas de hombres era tener
ganas de relaciones con hombres. Eso ha sido para mí siempre algo
importante. No forzosamente bajo la forma de la pareja sino como una
cuestión de existencia: ¿cómo es posible para los hombres estar juntos?
¿Vivir juntos, compartir sus tiempos, sus comidas, sus habitaciones,
sus libertades, sus penas, su saber, sus confidencias? ¿Qué es eso de
estar entre hombres ‘al desnudo', fuera de las relaciones
institucionales, de familia, de profesión, de camaradería obligada? Es
un deseo, una inquietud que existe en mucha gente.
- ¿Se puede decir que la relación al deseo y al placer, y a la relación que uno puede tener sea dependiente de su edad? Michel
Foucault: Sí, muy profundamente. Entre un hombre y una mujer más joven,
la institución facilita las diferencias de edad; las acepta y la hace
funcionar. Dos hombres de edad notablemente diferente, ¿qué código
tendrían para comuncarse? Están uno frente a otro sin armas, sin
palabras convenidas, sin nada que los asegure sobre el sentido del
movimiento que los lleva a uno hacia el otro. Tienen que inventar desde
la A a la Z una relación aún sin forma, y que es la amistad: es decir
la suma de todas las cosas a través de las cuáles, uno y otro pueden
darse placer. Es una de las concesiones que se les hace a los otros
el no presentar la homosexualidad sino bajo la forma de un placer
inmediato, el de dos jóvenes que se encuentran en la calle, se seducen
con una mirada, se ponen una mano en la grupa sintiendo un placer
intenso un cuarto de hora. Se tiene aquí una especie de imagen limpita
de la homosexualidad que pierde toda virtualidad inquietante por dos
razones: ella responde a un canon asegurador de la belleza, y ella
anula la camaradería, el compañerismo, a los cuáles una sociedad un
poco ruinosa no puede dar lugar sin temer que se formen alianzas, que
se anuden líneas de fuerza imprevistas. Pienso que es esto lo que
vuelve ‘perturbante' a la homosexualidad, el modo de vida homosexual
mucho más que el acto sexual mismo. Imaginar un acto sexual que no
es conforme a la ley o a la naturaleza, no es eso lo que inquieta a la
gente. Sino que los individuos comiencen a amarse, he ahí el problema.
La institución es tomada a contrapie, las intensidades afectivas la
atraviesan, a la vez ellas la sostienen y la perturban. Miren al
ejército, allí el amor entre hombres es apelado y honrado sin cesar. Los
códigos institucionales no pueden validar estas relaciones en las
intensidades múltiples, los colores variables, los movimientos
imperceptibles, las formas que cambian. Estas relaciones hacen
cortocircuito e introducen el amor allí donde debería haber ley, regla
o hábito.
- Usted dice siempre: "Más que llorar por placeres
desflecados me interesa lo que podemos hacer de nosotros mismos."
¿Podría precisar? Michel Foucault: El ascetismo como renuncia al
placer tiene mala reputación. Pero la ascesis es otra cosa. Es el
trabajo que uno hace sobre sí para transformarse o para hacer aparecer
ese sí que felizmente no se alcanza jamás. ¿No sería este nuestro
problema hoy? Al ascetismo se le ha dado vacaciones. Es cuestión
nuestra avanzar sobre una ascesis homosexual que nos haría trabajar
sobre nosotros mismos e inventar, no digo descubrir, una manera de ser
aún improbable.
- ¿Esto quiere decir que un joven homosexual
debería ser muy prudente por relación a la imaginería homosexual y
trabajar sobre otra cosa? Michel Foucault: Sobre lo que debemos
trabajar, me parece, no es tanto en liberar nuestros deseos, como en
volvernos a nosotros mismos más susceptibles de placeres. Es preciso y
es preciso hacer escapar a las dos fórmulas completamente hechas sobre
el puro encuentro sexual y la fusión amorosa de las identidades.
-
¿Es que uno puede ver las premisas de construcciones relacionales
fuertes en los Estados Unidos, en todo caso en las ciudades donde el
problema de la miseria sexual parece reglada? Michel Foucault: Lo
que me parece cierto es que en los Estados Unidos, incluso existiendo
aún el fondo de miseria sexual, el interés por la amistad ha devenido
muy importante. No se entra simplemente en relación para poder llegar
hasta la consumación sexual, lo que se hace muy fácilmente, sino que
aquello hacia lo que la gente es polarizada es hacia la amistad. ¿Cómo
arribar, a través de las prácticas sexuales, a un sistema relacional?
¿Es que es posible crear un modo de vida homosexual? Esta noción de
modo de vida me parece importante. ¿No habría que introducir otra
diversificación que la debida a las clases sociales, a las diferencias
de profesión, a los niveles culturales, una diversificación que sería
también una forma de relación, y que sería el ‘modo de vida'? Un modo
de vida puede compartirse entre individuos de edad, status, actividad
social diferentes. Puede dar lugar a relaciones intensas que no se
asemejen a ninguna de las que están institucionalizadas y me parece que
un modo de vida puede dar lugar a una cultura y a una ética. Ser gay
es, creo, no identificarse a los rasgos psicológicos y a las máscaras
visibles del homosexual, sino buscar definir y desarrollar un modo de
vida.
- ¿No es una mitología decir: ‘Henos aquí quizás, en los
prolegómenos de una socialización entre los seres que es inter-clases,
inter-edades, inter-naciones'? Michel Foucault: Sí, un gran mito
como decir: No habrá más diferencia entre la homosexualidad y la
heterosexualidad. Por otra parte pienso que es una de las razones por
las cuales la homosexualidad actualmente hace problema. Ahora bien
respecto a la afirmación de que ser homosexual es ser un hombre y que
uno ama, esta búsqueda de un modo de vida va al encuentro de esta
ideología de los movimientos de liberación sexual de los años sesenta.
Es en ese sentido que los moustachus bigotudos tienen una
significación. Es un modo de responder: ‘No teman, más uno se liberará,
menos se amará a las mujeres, menos uno se hundirá en esta
polisexualidad donde no hay más diferencia entre unos y otros.' Y no se
trata del todo de la idea de una gran fusión comunitaria. La
homosexualidad es una ocasión histórica de reabrir virtualidades
relacionales y afectivas, no tanto por las cualidades intrínsecas del
homosexual como por la posición de éste: ‘en offside', de alguna manera
son las líneas diagonales que él puede trazar en el tejido social las
que permiten hacer aparecer estas virtualidades.
- Las mujeres
podrán objetar: ‘¿Qué es lo que los hombres ganan entre ellos por
relación a las relaciones posibles entre un hombre y una mujer, o entre
dos mujeres?' Michel Foucault: Hay un libro que viene de aparecer en
los Estados Unidos sobre las amistades entre mujeres (Faderman, L.,
‘Surpassing the Love of Men', New York, William Morrow, 1980). Está muy
bien documentado a partir de testimonios de relaciones de afección y de
pasión entre mujeres. En el Prefacio, el autor dice que ella había
partido de la idea de detectar las relaciones homosexuales y se dio
cuenta que esas relaciones no solamente no estaban siempre presentes
sino que no era interesante saber si se podía llamar a esto
homosexualidad o no. Y que, dejando a la relación desplegarse tal como
ella aparece en las palabras y en los gestos, aparecían otras cosas muy
esenciales: amores, afecciones densas, maravillosas, soleadas o bien
muy tristes, muy negras. Este libro muestra asimismo hasta qué punto el
cuerpo de la mujer ha jugado un gran rol y los contactos entre los
cuerpos femeninos: una mujer peina a otra mujer, ella se deja
maquillar, vestirse. Las mujeres tenían derecho al cuerpo de otras
mujeres, tenerse del talle, abrazarse. El cuerpo del hombre estaba
interdicto al hombre de manera mucho más drástica. Si es verdad que la
vida entre mujeres estaba tolerada, ello solo lo era en ciertos
períodos y desde el siglo XIX que la vida entre hombres no solamente
fue tolerada. Sino rigurosamente obligatoria, simplemente que durante
las guerras. Igualmente en los campos de prisioneros. Había
soldados, jóvenes oficiales que pasaron allí meses, años juntos.
Durante la guerra del 14, los hombres vivían completamente juntos unos
con los otros, y ello no era en absoluto en la medida en que la muerte
estaba aquí y donde finalmente la devoción de uno por el otro, el
servicio hecho era sancionado por un juego de vida y muerte. Fuera de
algunas frases sobre la camaradería, la fraternidad del alma, de
algunos testimonios muy parciales, ¿qué se sabe de estos tornados
afectivos, tempestades del corazón que pudo haber allí en esos
momentos? Y uno se puede preguntar qué ha hecho de que en esas guerras
absurdas, grotescas, esas masacres infernales, las gentes a pesar de
todo se hayan sostenido. Sin duda por un tejido afectivo. No quiero
decir que fuese porque ellos estaban enamorados unos de otros que
continuaban combatiendo. Pero el honor, el coraje, no perder la
dignidad, el sacrificio, salir de la trinchera con el compañero,
delante del compañero, esto implicaba una trama afectiva muy intensa.
Esto no es para decir: ‘Ah, he ahí la homosexualidad!' Yo detesto
ese tipo de razonamiento. Pero sin duda se tienen ahí las condiciones,
no la única, que ha permitido esta vida infernal en que los tipos,
durante semanas, chapoteasen en el barro, entre los cadáveres, la
mierda, reventasen de hambre, y estuviesen borrachos la mañana del
asalto. En fin, yo quisiera decir que algo reflexionado y voluntario
como una publicación debería volver posible una cultura homosexual, es
decir, posibilitar los instrumentos para relaciones polimorfas,
variadas, individualmente moduladas. Pero la idea de un programa y
proposiciones es peligrosa. Desde que se presenta un programa, se
convierte en ley, se constituye en una interdicción para inventar.
Debería haber una inventiva propia de una situación como la nuestra y
que estas ganas que los Americanos llaman coming out, es decir, se
puedan manifestar. El lugar del programa debe estar vacío. Es preciso
cavar para mostrar cómo las cosas han sido históricamente contingentes,
por tal o cual razón inteligible pero no necesaria. Es preciso hacer
aparecer lo inteligible sobre el fondo de vacuidad y negar una
necesidad, y pensar que lo que existe está lejos de llenar todos los
espacios posibles. Hacer un verdadero desafío no evitable de la
cuestión: ¿a qué se puede jugar y cómo inventar un juego?
- Gracias, Michel Foucault.
* "Dits et écrits", De l'amitié comme mode de vie, figura en el Tomo IV, 1981, págs. 163-167.
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