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GUIA #3



DEL USUARIO PARA EL NUEVO MILENIO

Por J. G. Ballard

LENGUAJES DE LA SINRAZÓN

Mein Kampf
Adolf Hitler

 En Esta Ruta :: R·D·T
El psicópata nunca pasa de moda. Los contemporáneos de Hitler –Baldwin, Chamberlain, Herbert Hoover– parecen figuras patéticamente anticuadas, con sus abrigos largos y sus cuellos de pajarita, más próximos al mundo de Edison, Carnegie y el coche de caballos que a las modernas sociedades que ellos presidían, las primeras totalmente desarrolladas, áreas de conciencia nacional que formaban los periódicos producidos en masa y los bienes de consumo, la publicidad y las telecomunicaciones. En comparación, Hitler está completamente al día, y se sentiría tan a gusto en los años sesenta (y probablemente aún más en los setenta) como en los años veinte. Todo el aparato del superestado nazi, con los uniformes de pesadilla y la propaganda, parece extrañamente emocionante gracias a ese elemento de locura manifiesta al que todos somos sensibles, como la bomba H o Vietnam (quizás un motivo por el que los programas espaciales rusos y norteamericanos no han conseguido cautivar nuestra imaginación es que les falta esa cualidad de psicopatología explícita).

Ciertamente, la sociedad nazi parece una curiosa profecía de la nuestra: el mismo incremento de la violencia y las sensaciones, el mismo lenguaje de la sinrazón y la misma tendencia a novelar la experiencia. En sus diarios, Goebbels afirma que él y los líderes nazis se limitaron a hacer en el terreno de la realidad lo que Dostoievski había hecho en la ficción. Es interesante ver que tanto Goebbels como Mussolini escribieron novelas, en los días en que aún no controlaban su verdadero tema, y uno se pregunta si hoy hubieran hecho el esfuerzo, rodeados como estarían por la ficción a la espera de ser manipulada.

La "novela" de Hitler, Mein Kampf, fue escrita en 1924, casi una década antes de que él llegara al poder, pero es un bosquejo extraordinariamente preciso de sus intenciones, no tanto con respecto a objetivos políticos y sociales definidos, sino a la exacta psicología que pretendía imponer al pueblo alemán y a sus vasallos europeos. Esto solo basta para que sea uno de los libros más importantes del siglo XX, y digno de ser reimpreso, a pesar del macabro placer que sus desvaríos antisemitas proporcionarán a la generación actual de racistas.

¿En qué medida sobrevive el individuo Hitler en las páginas de este libro? En los noticieros, Hitler tiende a aparecer en dos papeles: el del orador demagógico que despotrica en un estado aparentemente cercano a la histeria neurótica, y el del Kapellmeister benévolo y ligeramente excéntrico que pasa revista sentimentalmente a sus guardaespaldas de la SS, o le sonríe a un coro elegido de niños alemanes y rubios. Estas dos facetas están presentes en Mein Kampf: el estilo retórico y fanfarrón, que destila odio y violencia, salpicado con pasajes de hondo sentimentalismo cuando el autor alaba la mística belleza del paisaje alemán y de sus gentes nobles y sencillas.

Además de las partes autobiográficas –el descubrimiento de su "germanismo" por parte de un niño austríaco–, Mein Kampf contiene tres elementos principales: los fundamentos, las paredes y el pórtico de una estructura paranoica excepcionalmente sólida. Primero está la visión de Hitler acerca de la historia y la raza, un sistema cuasi biológico que sustenta todo su pensamiento político y explica prácticamente todas las acciones que llevó a cabo. Luego viene su visión de la práctica estricta de la política y la toma del poder, métodos de organización política y propaganda. Y, por último, está su visión del futuro político de las Alemanias unidas, su política exterior expansionista y la actitud general ante el mundo circundante.

El tono general de Mein Kampf queda a la vista en el título original que Hitler le dio al testamento: Cuatro años y medio de pelear contra las mentiras, la estupidez y la cobardía: un ajuste de cuentas con los destructores del movimiento nazi. Fue el editor, Max Amann, quien sugirió el título más corto y mucho menos revelador de Mi lucha, y sin duda se habrá sentido aliviado cuando Hitler se mostró de acuerdo. El original de Hitler lo habría delatado mucho más y les habría recordado a los lectores las verdaderas fuentes de las ideas antisemitas y racistas de Hitler.

Al leer las paranoicas diatribas de Hitler contra los judíos, uno se asombra constantemente de la base biológica y no política de todo su pensamiento y su personalidad. La repulsión que sentía por los judíos era física, al igual que su reacción contra todo pueblo –como el de los eslavos o los negros– cuyo aspecto, postura, morfología y pigmentación encendieran la alarma de la inseguridad en su mente. Lo interesante es el lenguaje que escoge para describir esas obsesiones, que parecen ser principalmente fecales a juzgar por su continua preocupación por la "limpieza". En lugar de emplear argumentos económicos, sociales o políticos contra los judíos, Hitler se concentró casi exclusivamente en esa altisonante retórica biológica. Como no intentó racionalizar sus prejuicios, se adentró en un terreno mucho más inquietante e inseguro, algo que sus seguidores nunca se atreverían a hacer abiertamente. En la irrefutable lógica de la psicopatología, los judíos se convirtieron en los chivos expiatorios de todos los terrores del destete y el control de esfínteres. La repetición constante de las palabras "porquería", "repugnancia", "absceso", "hostil" y "escalofrío" refuerza una y otra vez esos sentimientos largamente reprimidos de la culpa y el deseo.

En el prefacio, el traductor de Meinf Kampf lo describe como escrito en el estilo de un alemán del sur, moderno y autodidacta, con un don para la oratoria. En este sentido, Hitler fue uno de los herederos legítimos del siglo veinte: la personificación del hombre semiculto. Mientras camina por las calles de Viena poco antes de la Primera Guerra Mundial, con la cabeza llena de vagos anhelos de artista y tonterías sacadas de revistas populares, ¿a quién se parece más? Sobre todo, a Leopold Bloom, su supuesto archienemigo, que aproximadamente en la misma época camina por la Dublín de Joyce con la cabeza llena de las mismas tonterías y los mismos anhelos. Ambos son hijos de la biblioteca de consulta y el manual de autosuperación, de los medios de comunicación que crean un nuevo vocabulario de violencia y sensaciones. Hitler era un psicópata semiculto que heredó los espléndidos sistemas de comunicación del siglo veinte. Cuarenta años después de su primera toma abortada del poder, otro inadaptado descontento siguió su ejemplo, Lee Harvey Oswald, en cuyo Diario Histórico vemos la misma lucha de un semiculto para evitar que lo abrume el exceso de información.

New Worlds
1969

Este retrato está incluido en Guía del usuario para el nuevo milenio de J. G. Ballard. (Editorial Minotauro).

FUENTE:P/12



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